domingo, 29 de marzo de 2009

Noción asilvestrada

¿Qué significa paisaje?

Nociones amplias y nociones estrictas

Cosmos. Alejandro de Humboldt
Paisaje. Charles Baudelaire
Filosofía del paisaje. Georg Simmel
Sobre el paisaje. Rainer Maria Rilke
Worpswede. Rainer Maria Rilke
En el origen del paisaje. Agustin Berque
Paisaje y representación. Graciela Silvestri
Experiencia estética de la naturaleza y la construcción del paisaje. Simón Marchan Fiz
Posfacio. El paisaje y su sombra. Gerad Vilar
Paisaje. Bernard Lassus
Entrevista. James Corner
Paisaje. Diccionario de Geografía Urbana, Urbanismo y Ordenación del Territorio. Grupo Aduar

Las nociones amplias son nociones de tipo filosófico; elaboraciones de la experiencia, la sensibilidad y la comunicación. Marcan la trayectoria de la experiencia a la simbolización. Aportan contexto, y sentido crítico a las reflexiones y prácticas contemporáneas al rededor del paisaje.

Las nociones estrictas son elaboraciones disciplinares especificas; se refieren objetivamente a fenómenos, lenguajes, formas y signos, producto de prácticas económicas, culturales, artísticas y científicas.

Trabajo útil vs Trabajo inútil

William Morris (1885)

El título que figura arriba puede chocar por su extrañeza a algunos de mis lectores. La mayor parte de la gente da por sentado hoy en día que todo trabajo es útil, y la mayoría de la gente acomodada1, que todo trabajo es deseable. La mayoría, sea o no acomodada, cree que, cuando un hombre está haciendo un trabajo que es aparentemente inútil, de todas formas se está ganando la vida con él —está «empleado», como dice la expresión—; y la mayoría de los que son gente acomodada animan con felicitaciones y alabanzas al feliz trabajador que se priva de todo placer y vacaciones por la sagrada causa del trabajo. En suma, se ha convertido en un artículo de fe de la moral moderna que todo trabajo es bueno en sí mismo, una creencia conveniente para quienes viven del trabajo de otros. Pero en lo que se refiere a estos últimos, a cuya costa viven aquéllos, les recomiendo que no lo crean a pies juntillas, sino que profundicen en la cuestión un poco más.

Admitamos, en primer lugar, que el género humano no tiene más remedio que, o bien trabajar, o bien perecer. La Naturaleza no nos concede nuestro sustento gratis: nos lo tenemos que ganar mediante un trabajo de alguna especie o grado. Veamos, pues, si nos ofrece alguna compensación por esta obligación de trabajar, ya que en otros asuntos se ocupa ciertamente de hacer que los actos necesarios para la continuidad del individuo y la especie no sólo sean soportables, sino, incluso, placenteros.

Pueden ustedes estar seguros de que así es, de que es propio de la naturaleza del hombre, cuando no se halla enfermo, disfrutar de su trabajo dadas ciertas condiciones. Y, sin embargo, debemos decir, en contra de la mencionada alabanza hipócrita de todo trabajo, cualquiera que éste sea, que hay trabajos que, lejos de ser una bendición, son una maldición, que sería mejor para la comunidad y para el trabajador si a este último le diera por cruzarse de brazos, negarse a trabajar, y prefiriera o morir o dejar que le mandáramos a un asilo de pobres o a la cárcel, lo que ustedes quieran.

Como ven, hay dos tipos de trabajo: uno bueno y otro malo; uno no muy alejado de ser una bendición y de hacer más fácil y alegre la vida; el otro una maldición, un lastre para nuestra vida.

¿Cuál es, entonces, la diferencia entre ellos? Esta: uno contiene esperanza, el otro no. Es de hombres hacer un tipo de trabajo y de hombres también negarse a hacer el otro.

¿Y cuál es la naturaleza de la esperanza que, cuando está presente en el trabajo, hace que merezca la pena realizarlo?

Es una triple esperanza, según creo: la esperanza en el descanso que vendrá, la esperanza en el producto que obtendremos y la esperanza del placer que hallaremos en el trabajo mismo; y la esperanza, también, de que haya abundancia y calidad en todas esas cosas. Esto es, un descanso lo bastante largo y bueno para que merezca la pena descansar, un producto que le merezca la pena obtener a todo el que no sea ni un tonto ni un asceta, un placer lo bastante intenso como para que tengamos conciencia de él mientras trabajamos, no un mero hábito cuya pérdida sintamos como sentiría un hombre nervioso la pérdida del trozo de cuerda con el que jugaban sus dedos.

He colocado la esperanza de descansar en primer lugar porque es la parte más simple y natural de nuestra esperanza. Por mucho placer que se encuentre en la realización de algunos trabajos, lo cierto es que todo trabajo conlleva siempre un esfuerzo, un sufrimiento: el esfuerzo animal que supone movilizar nuestras dormidas energías para que entren en acción, o el miedo animal al cambio cuando nos sentimos a gusto; y la compensación por ese esfuerzo animal es un descanso animal. Cuando estamos trabajando tenemos que saber que llegará el momento en que no tengamos que seguir trabajando. Asimismo, cuando llegue el descanso, debe ser lo bastante largo como para poder disfrutarlo; debe durar más de lo que es simplemente necesario para recuperar la fuerza de trabajo que hemos consumido en el trabajo, y debe ser también un descanso animal en el hecho de que no ha de ser perturbado por la ansiedad o, de lo contrario, no seremos capaces de disfrutarlo. Mientras tengamos esa cantidad y clase de descanso, no estaremos en peor situación que las bestias.

En cuanto a la esperanza de cosechar el producto, ya he dicho que la Naturaleza nos obliga a trabajar con ese fin. A nosotros nos corresponde encargarnos de que de verdad sea algo lo que produzcamos, y no nada, o al menos nada que no queramos o podamos utilizar. Mientras cuidemos de esto y dirijamos nuestra voluntad a ese objetivo, seremos mejores que las máquinas.

La esperanza de hallar placer en el trabajo mismo: ¡cuán extraña debe parecer esa esperanza a algunos de mis lectores, a la mayoría de ellos! Empero, yo opino que todas las criaturas encuentran placer en el ejercicio de sus energías y que incluso las bestias disfrutan siendo ágiles y rápidas y fuertes. Mas un hombre que, al trabajar, sabe que algo tendrá existencia porque él está trabajando y poniendo su voluntad en ello, está ejercitando tanto las energías de su mente y espíritu como las de su cuerpo. La memoria y la imaginación le ayudan mientras trabaja. No sólo sus propios pensamientos, sino también los de hombres de otras épocas guían sus manos; y, como parte del género humano, crea. Mientras trabajemos así seremos hombres y nuestros días serán felices y memorables.

Así pues, el trabajo valioso lleva aparejada la esperanza en el placer del descanso, la esperanza en el placer de usar lo que producimos y la esperanza en el placer que nos proporcionará el ejercicio de nuestra destreza creativa de cada día.

Cualquier otro trabajo que no sea así carece de valor; es trabajo de esclavos —simple trabajo de bestias para poder vivir, vivir para trabajar.

Consiguientemente, y puesto que tenemos, por así decirlo, una balanza en la que pesar el trabajo que se hace actualmente en el mundo, utilicémosla. Estimemos el valor de nuestro trabajo después de tantos miles de años de duro trabajo, de tantas promesas de esperanza aplazadas, de celebrar tan jubilosamente el progreso de la civilización y la consecución de libertad.

Ahora bien, la primera cosa y la más fácil de advertir en relación con el trabajo realizado en la civilización es que se halla distribuido de forma muy desigual entre las distintas clases de la sociedad. En primer lugar, existen personas —y no precisamente unas pocas— que no trabajan ni simulan trabajar. A continuación están las personas, un gran número de ellas, que trabajan bastante, aunque con comodidades y vacaciones en abundancia, reclamadas y concedidas. Por último, hay personas que trabajan tanto que puede decirse que no hacen otra cosa que trabajar, y por ello son llamadas «clases trabajadoras», para distinguirlas de las clases medias y de los ricos o aristocracia, a los que he mencionado antes.

Está claro que esa desigualdad pesa gravemente sobre la clase «trabajadora» y que ha de tender visiblemente a destruir su esperanza de descanso y, así, a hacer que su situación sea peor que la de las simples bestias del campo. Pero eso no es el final de nuestra locura consistente en convertir trabajo útil en trabajo inútil, sino tan sólo el principio.

Pues, en primer lugar, en lo que concierne a los ricos que no trabajan, todos sabemos que consumen muchísimo, a pesar de no producir nada. Por lo tanto, se les tiene que mantener claramente a expensas de aquellos que sí trabajan, de igual modo que se hace con los indigentes, y son una mera carga para la comunidad. En los tiempos que corren hay muchos que han aprendido a darse cuenta de esto, aunque no son capaces de ver los demás males de nuestro sistema actual, ni han forjado ningún plan para deshacerse de esa carga; aunque tal vez sí tengan una esperanza difusa en que los cambios en el sistema de votación puedan, como por arte de magia, apuntar en esa dirección. No merece la pena molestarse en examinar tales esperanzas o supersticiones. Por otra parte, esa clase, la aristocracia, en una época considerada la más necesaria al Estado, es escasa en número y no tiene ahora ningún poder propio, sino que depende del apoyo de la clase que le sigue inmediatamente: la clase media. Efectivamente, ésta está formada por los hombres de más éxito de esa clase, o bien por sus descendientes directos.

En cuanto a la clase media, que incluye en su seno las clases comerciante, manufacturera y profesional de nuestra sociedad, parece, por regla general, que trabaja bastante y por tanto, a primera vista, podría considerarse que ayuda a la comunidad y que no constituye carga alguna. Sin embargo, la mayor parte con diferencia de esas personas, aunque trabajen, no producen, e incluso cuando sí producen, como en el caso de aquellos ocupados (de forma verdaderamente despilfarradora) en la distribución de bienes, o los médicos, o los artistas y hombres de letras genuinos, consumen, sin embargo, en cantidades fuera de toda proporción con lo que les correspondería. Los que forman la parte comercial y manufacturera de esta clase, los más poderosos, consagran, a su vez, su vida y sus energías a luchar entre sí por sus respectivas porciones de riquezas que obligan a producir a los verdaderos trabajadores. Los demás son casi enteramente parásitos de éstos; no trabajan para el público en general, sino sólo para una clase privilegiada: son los parásitos de la propiedad; a veces, como en el caso de los abogados, sin tapujos; a veces, como los médicos y otros anteriormente mencionados, aunque tienen pretensiones de utilidad, no sirven frecuentemente para nada salvo para sostener el sistema disparatado de fraude y tiranía del que forman parte. Y todos éstos tienen normalmente, conviene recordar, un objetivo a la vista: no la producción de servicios útiles2, sino la consecución de una posición para sí mismos y para sus hijos que les permita no tener que trabajar en absoluto. Es su ambición y la meta de su vida entera obtener, si no para sí mismos, al menos para sus hijos, la sublime posición de ser una carga evidente para la comunidad. El trabajo en sí mismo, a pesar de la fingida dignidad con la que lo rodean, no les importa lo más mínimo, exceptuando a unos cuantos entusiastas, hombres de ciencia, arte o letras, los cuales, si no son la sal de la tierra, son al menos (¡y es una lástima!) la sal del lamentable sistema del que son esclavos, el cual les estorba y frustra constantemente e incluso, en ocasiones, los corrompe.

Nos hallamos aquí, pues, ante otra clase, esta vez muy numerosa y todopoderosa, que produce muy poco y consume una enormidad y que es, por consiguiente, mantenida principalmente, al igual que los indigentes, por los productores reales. En cambio, la clase que resta considerar produce todo lo que es producido y se mantiene tanto a sí misma como a las demás clases, aunque es colocada en una posición de inferioridad con respecto a ellas: una verdadera inferioridad, en efecto, que implica una degradación tanto de mente como de cuerpo. Pero es consecuencia necesaria de esta tiranía y locura el hecho de que, de nuevo, muchos de estos trabajadores no sean productores. Un vasto número de ellos son, otra vez, meros parásitos de la propiedad, y algunos de ellos de forma abierta, como son los soldados de mar y tierra, los cuales se mantienen en pie para perpetuar las rivalidades y hostilidades nacionales y para cubrir las necesidades derivadas de la lucha nacional por la apropiación del producto del trabajo no pagado. Pero, además de esta carga evidente que pesa sobre los productores y la no menos evidente carga del servicio doméstico, existen otras: está, en primer lugar, el ejército de oficinistas, dependientes de tienda, etc., los cuales se hallan empleados al servicio de la guerra privada por la riqueza, la cual, como se ha dicho antes, es la verdadera ocupación de la clase media acomodada. Estos constituyen un colectivo de trabajadores más numeroso de lo que podría suponerse, pues incluye, entre otros, a todos aquellos cuya tarea es la que podría denominarse venta competitiva, o, por usar una expresión mucho menos digna, darle bombo a las mercancías3, que ha llegado a tal extremo que hay muchas cosas que cuesta mucho más vender de lo que cuesta fabricar.

A continuación está toda la masa de gente ocupada en la fabricación de todos esos estúpidos4 artículos de lujo cuya demanda es el resultado de la existencia de clases ricas e improductivas; cosas que nunca pediría y con las que nunca soñaría gente que llevara una vida noble, no corrupta. A estas cosas, sea quien sea el que me contradiga, me negaré siempre a llamar riqueza: no son riqueza, sino desperdicio. Riqueza es todo aquello que nos proporciona la Naturaleza y todo aquello que un hombre sensato puede construir con los dones de la Naturaleza para un uso razonable. La luz del sol, el aire fresco, la faz de la tierra sin estropear, la comida, el vestido, y una vivienda necesaria y digna; la acumulación de conocimiento de todas clases y el poder de extenderlo; los medios de comunicación libres entre hombre y hombre; las obras de arte, la belleza que el hombre crea cuando es más plenamente hombre, lleno de aspiraciones y atención en su trabajo —todas las cosas que hacen el placer de la gente libre, noble, sin corromper—. Eso es la riqueza. Y no puedo pensar en nada que merezca la pena tener que no pueda aparecer bajo uno de esos encabezamientos. Sin embargo, piensen, se lo ruego, en la producción de Inglaterra, el taller del mundo, y ¿es posible que no les deje perplejos, como a mí, pensar en la masa de cosas que ningún hombre en su sano juicio podría desear, pero que nuestro trabajo inútil produce —y vende—?

Ahora bien, existe una industria aún más triste, en la que muchos se ven obligados a trabajar, muchísimos de nuestros trabajadores: la fabricación de artículos que les son necesarios a ellos y a sus hermanos precisamente porque son una clase inferior. Pues si muchos hombres viven sin producir, es más, tienen que llevar vidas tan vacías y estúpidas como para forzar a una gran parte de los trabajadores a producir artículos que nadie necesita, ni siquiera los ricos, se sigue de ello que la mayoría de los hombres han de ser pobres; y, viviendo como viven con los salarios que proceden de aquellos a los que mantienen, no pueden conseguir para su uso los bienes que los hombres desean naturalmente, sino que no tienen más remedio que aguantarse con lamentables sucedáneos, con comida tosca que no alimenta, con ropa infame que no abriga, con casuchas miserables que bien podrían hacer que un habitante de ciudad en nuestra civilización sintiera nostalgia de la tienda de una tribu nómada o de la cueva del salvaje prehistórico. Pero es más: los trabajadores tienen, incluso, que colaborar en el gran invento industrial de nuestro tiempo, la adulteración, y, prestando esa ayuda, producir para su propio uso simulacros y ridículas imitaciones del lujo de los ricos; y es que los asalariados tienen siempre que vivir como les ordenen los que pagan los salarios, y hasta sus propios hábitos de vida les han sido impuestos por sus amos.

Pero no quiero perder el tiempo intentando expresar con palabras el desprecio que me merece la tan elogiada producción mala y barata de nuestra época. Baste con decir que esa baja calidad5 le es necesaria al sistema de explotación sobre el que descansa la manufactura moderna. En otras palabras, nuestra sociedad comprende a una gran masa de esclavos a quienes se debe alimentar, vestir, alojar y divertir como esclavos y su necesidad diaria les obliga a fabricar los artículos de esclavo cuyo uso resulta ser la perpetuación de su esclavitud.

En resumen, en lo que concierne a la forma de trabajo de los Estados civilizados, estos Estados están formados por tres clases: una clase que ni siquiera simula trabajar, una clase que sí tiene pretensiones de trabajar pero que no produce nada, y una clase que trabaja pero que es obligada por las otras dos clases a hacer un trabajo que con frecuencia es improductivo.

La civilización, por tanto, derrocha sus propios recursos y lo seguirá haciendo mientras dure el presente sistema. Estas son palabras frías para describir la tiranía bajo la cual sufrimos; intenten, pues, pensar en lo que significan.

Hay en el mundo una cierta cantidad de recursos y fuerzas naturales, así como una cierta cantidad de energía laboral inherente a los hombres que lo habitan. Los hombres, impulsados por sus necesidades y deseos, han trabajado durante muchos miles de años en la tarea de subyugar las fuerzas de la Naturaleza y de convertir las materias primas en algo útil para ellos. A nuestros ojos, y puesto que no podemos ver el futuro, esa lucha con la Naturaleza parece estar casi acabada y la victoria del género humano sobre ella parece casi completa. Y, volviendo los ojos al pasado, al tiempo en que comenzó la historia, advertimos que el progreso de esa victoria ha sido, con diferencia, más rápido y asombroso en los últimos doscientos años que nunca antes. Con seguridad nosotros, hombres modernos, deberíamos estar, por ello, en una situación inmensamente mejor que cualquiera de los que nos han precedido. Sin duda, deberíamos todos y cada uno de nosotros ser ricos y estar bien provistos de las cosas buenas que nuestra victoria sobre la Naturaleza ha conquistado para nosotros.

Sin embargo, ¿cuál es la realidad? ¿Quién se atreverá a negar que la gran masa de hombres civilizados son pobres? Tan pobres son que no es sino puro infantilismo molestarse en discutir si en algunas cosas están un poquito mejor que sus antepasados. Son pobres; y tampoco puede ser comparada su pobreza con la pobreza de un salvaje sin recursos, pues éste no conoce nada más que su pobreza; tener frío, hambre, estar sin techo, sucio, ser ignorante, todo esto es tan natural para él como tener una piel. Pero en nosotros, en la mayoría de nosotros, la civilización ha alimentado deseos que nos impide satisfacer y, por consiguiente, no es sólo avara, sino también una torturadora.

De esta manera nos han robado, pues, los frutos de nuestra victoria sobre la Naturaleza; así, se ha convertido la obligación que nos impone la Naturaleza de trabajar —con esperanza de obtener descanso, ganancia y placer— en una obligación impuesta por el hombre, obligación de trabajar con esperanza —¡de vivir para trabajar!

¿Qué haremos, pues? ¿Podemos arreglarlo?

Pues bien, recuerden una vez más que no fueron nuestros ancestros remotos quienes alcanzaron la victoria sobre la Naturaleza, sino nuestros padres o, mejor, nosotros mismos. Quedarse sentados, sin esperanza, desvalidos, sería, pues, un disparate ciertamente absurdo: tengan ustedes la certeza de que podemos enmendarlo. ¿Qué es, entonces, lo primero que hay que hacer?

Hemos visto cómo la sociedad moderna se divide en dos clases, una de las cuales tiene el privilegio de ser sostenida por el trabajo de la otra, es decir, obliga a la otra a trabajar para ella y le roba a esta clase inferior todo lo que puede quitarle y utiliza la riqueza así arrebatada para mantener a sus propios miembros en una situación de superioridad, para convertirlos en seres de un orden superior a los otros: seres que viven más, que son más bellos, más respetados, más refinados que los de la otra clase. No digo que esta clase superior se moleste en hacer que sus miembros sean más longevos, bellos o refinados en un sentido positivo, sino que pone su empeño meramente en que sean así en términos relativos con respecto a la clase inferior. Como, por otra parte, no sabe utilizar la fuerza de trabajo de la clase inferior de forma honrada, para producir una riqueza auténtica, la derrocha íntegramente produciendo basura.

Es este robo y derroche por parte de la minoría lo que mantiene pobre a la mayoría; si pudiera demostrarse que es necesario conformarse con esta situación para salvaguardar la sociedad, poco más podría decirse sobre este asunto, salvo que la desesperación de la mayoría oprimida acabaría alguna vez por destruir la Sociedad. Pero se ha demostrado, por el contrario, incluso mediante experimentos tan incompletos como, por ejemplo, la así llamada Cooperación, que la existencia de una clase privilegiada no es en absoluto necesaria para el «gobierno» de los productores de riqueza o, en otras palabras, para el mantenimiento del privilegio.

El primer paso que habría que dar sería la abolición de una clase de hombres que tienen el privilegio de eludir sus deberes como hombres y que, de este modo, pueden obligar a otros a hacer el trabajo que ellos se niegan a hacer. Todo el mundo debe trabajar de acuerdo con su destreza y producir, así, lo que consume; esto es, cada hombre debería trabajar lo mejor que sabe para conseguir su propio sustento y su sustento debería asegurársele, es decir, todos los beneficios que la sociedad proporcionaría a todos y cada uno de sus miembros.

De esta manera se fundaría, por fin, una verdadera Sociedad. Esta descansaría sobre la igualdad de condición. Ningún hombre sería atormentado en beneficio de otro; es más, ni un solo hombre sería atormentado en beneficio de la Sociedad. Ni tampoco puede llamarse Sociedad a un orden que no sea mantenido en beneficio de todos y cada uno de sus miembros.

Pero, puesto que los hombres viven ahora pobremente como viven, de forma que mucha gente no produce en absoluto y se desperdicia tanto trabajo, está claro que, en unas condiciones en las que todos produjeran y no se derrochase trabajo, no solamente trabajarían todos con la esperanza segura de obtener con su trabajo la parte que les correspondiera de riqueza, sino también sabiendo que no les faltaría el descanso merecido. Aquí tenemos, pues, dos de las tres clases de esperanza mencionadas antes como una parte esencial de todo trabajo valioso que se han de asegurar al trabajador. Cuando el robo de clase sea abolido, cada hombre cosechará el fruto de su trabajo y cada hombre tendrá el descanso que le corresponde, esto es, tiempo libre. Algunos Socialistas podrían decir que no necesitamos ir más lejos; basta con que el trabajador obtenga todo el producto de su trabajo y que su descanso sea abundante. Pero, aunque se logre abolir la coacción ejercida por la tiranía del hombre, yo exijo
una compensación por la coacción que ejerce la necesidad de la Naturaleza. Mientras el trabajo sea repulsivo, seguirá siendo una carga que tenemos que soportar a diario y que, incluso aunque fueran pocas las horas de trabajo, estropearía nuestra vida. Lo que queremos hacer es aumentar nuestra riqueza sin que disminuya nuestro placer. La Naturaleza no será conquistada hasta que nuestro trabajo se convierta en una parte del placer de nuestras vidas.

El primer paso para liberar a la gente de la obligación de trabajar nos pondrá, al menos, en camino hacia ese objetivo feliz, pues tendremos entonces tiempo y oportunidades para realizarlo. Tal y como están las cosas ahora, entre el desperdicio de fuerza de trabajo producido por la ociosidad y el desperdicio provocado por un trabajo improductivo, está claro que el mundo civilizado es sostenido por una parte pequeña de su gente; si todos trabajaran útilmente para su mantenimiento, la proporción de trabajo que cada uno tendría que realizar sería pequeña y nuestro nivel de vida estaría más o menos a la altura del que las personas acomodadas y refinadas creen en la actualidad que es deseable. Nos sobrará fuerza de trabajo y seremos, en resumen, tan ricos como nos plazca. Será fácil vivir. En cambio, si bajo nuestro sistema actual nos despertáramos una mañana y encontráramos la vida fácil, ese sistema nos obligaría a ponernos a trabajar inmediatamente y a hacer más dura la vida; llamaríamos a eso «desarrollar nuestros recursos» o algún otro bonito nombre. La multiplicación del trabajo se ha convertido en una necesidad para nosotros, y mientras eso continúe así ningún ingenio en la invención de máquinas nos será útil de verdad. Cada nueva máquina ocasionará una cierta cantidad de desgracia a aquellos trabajadores cuya rama industrial perturbe; así, muchos de los trabajadores cualificados se verán reducidos a la condición de no cualificados y, al final, las cosas acabarán por deslizarse a su curso habitual y de nuevo todo marchará, aparentemente, como la seda; y si no fuese porque todo esto está preparando la revolución, las cosas seguirían estando para la mayor parte de los hombres exactamente igual que antes del nuevo invento prodigioso.

Pero cuando la revolución haya hecho «fácil vivir», cuando todos estén trabajando juntos en armonía y no haya nadie que robe su tiempo al trabajador, es decir, su vida; en esos días que han de llegar no existirá una coacción sobre nosotros que nos obligue a seguir produciendo cosas que no queremos y a trabajar por nada a cambio: entonces podremos pensar con calma y detenimiento lo que hacer con nuestra riqueza de energía laboral. Ahora bien, por mi parte, creo que el primer uso que deberíamos dar a esa riqueza, a esa libertad, sería hacer que todo nuestro trabajo, incluso el más común y necesario, fuera agradable para todo el mundo; pues meditando sobre el asunto veo que la línea de acción que puede hacer con seguridad que nuestra vida sea dichosa, a pesar de sus contratiempos y dificultades, consiste en tomarse un interés
placentero por todos los detalles de la vida. Y por si acaso creen ustedes que es ésta una afirmación demasiado universalmente aceptada como para que merezca la pena formular, permítanme que les recuerde cuán terminantemente prohíbe algo así la civilización moderna; con qué detalles sórdidos, incluso terribles, rodea la vida de los pobres; qué vida tan mecánica y vacía impone a los ricos; y qué fiesta tan insólita supone para cualquiera de nosotros sentirse parte de la Naturaleza y poder examinar sin prisas, pensativa y alegremente, el curso de nuestra vida inmersa en todas esas pequeñas conexiones de sucesos que la vinculan a las vidas de los demás y que forman el gran todo de la humanidad.

Y, sin embargo, nuestra vida entera podría ser una fiesta de este tipo si nos resolviéramos a hacer que todo nuestro trabajo fuera razonable y placentero. Pero tenemos que ser de verdad resueltos, pues ninguna medida a medias nos podrá ayudar a conseguirlo. Ya se ha dicho que nuestro trabajo actual, así como la vida que llevamos, llena de temor y de ansiedad como la de un animal acorralado, son cosas impuestas por el presente sistema de producción, que persigue la obtención de beneficios para las clases privilegiadas. Es necesario explicar bien lo que esto significa. Bajo el sistema actual de salarios y capital, el empresario «manufacturero»6 (absurdamente llamado así, ya que «manufacturero» significa que fabrica algo con sus manos), que tiene el monopolio de los medios para utilizar la fuerza de trabajo inherente al cuerpo de cada hombre en la producción de mercancías, es el amo de aquellos que no son tan privilegiados; él y sólo él puede hacer uso de esa fuerza de trabajo, la cual, por otra parte, es la única mercancía que puede hacer que su «capital», es decir, el producto acumulado por el trabajo pasado, le rente beneficios. Por consiguiente, él compra la fuerza de trabajo de aquellos que están desposeídos de capital y que sólo pueden vivir vendiéndosela; el propósito de esta transacción es que él incremente su capital, que pueda hacerlo producir. Está claro que si pagara a aquellos con quienes hace su negocio el valor completo de su trabajo, es decir, todo lo que éstos produjeran, fracasaría en su empresa. Pero, puesto que él tiene el monopolio de los medios de trabajo productivo, puede obligarles a hacer un negocio mejor para él y peor para ellos, el cual negocio consiste en que, después de que se han ganado su sustento, calculado de acuerdo con un patrón lo suficientemente alto para asegurar su sumisión pacífica a su autoridad, el resto de lo producido (que es, con diferencia, la mayor parte) le pertenecerá a él, será su propiedad para hacer con ella lo que guste, para usar y abusar de ella a placer; la cual propiedad es, como todos sabemos, celosamente protegida por el ejército y la marina, la policía y la prisión; en resumen, por esa enorme masa de fuerza física que el hábito, el miedo al hambre —la IGNORANCIA, en una palabra— de las clases sin propiedad permiten utilizar a las clases propietarias para el sojuzgamiento de sus esclavos.

Además, podrían exponerse otros muchos males que resultan de este sistema. Lo que quiero señalar ahora es la imposibilidad de lograr que el trabajo sea atractivo bajo este sistema y repetir que es este robo (no hay otra palabra para ello) lo que produce un derroche de la fuerza de trabajo existente en el mundo civilizado, forzando a muchos hombres a la inactividad e imponiendo a muchos, muchísimos más, una actividad inútil, además de obligar a aquellos que realizan un trabajo útil de verdad a trabajar en exceso. Pues entiendan de una vez que el empresario «manufacturero» aspira fundamentalmente a producir, por medio del trabajo que ha robado a otros, no bienes, sino beneficios, esto es, la «riqueza» que es producida por encima y más allá del sustento de sus trabajadores y del desgaste de su maquinaria. Que esa «riqueza» sea auténtica o falsa no le importa nada. Si se vende y le produce un «beneficio» está bien. He explicado cómo, debido a que hay ricos que tienen más dinero del que pueden gastar de forma razonable y que, por consiguiente, compran una falsa riqueza, se produce un derroche por ese lado; y también cómo, en virtud de que hay pobres que no pueden permitirse el lujo de comprar cosas que vale la pena fabricar, se genera de nuevo un derroche por ese otro lado, de forma que la «demanda» que el capitalista «abastece»7 es una demanda falsa. Existen «trampas» en el mercado en el que éste vende por la existencia de desigualdades producidas por el robo que caracteriza al sistema de Capital y Salarios.

Es de este sistema, por tanto, de lo que debemos deshacernos con decisión, si es que hemos de lograr que el trabajo resulte alegre y útil para todos. El primer paso en pos de un trabajo atractivo será conseguir que los medios para hacer del trabajo algo fructífero, es decir, el Capital: la tierra, la maquinaria, las fábricas, etc., estén en manos de la comunidad, para que así éstos se utilicen en bien de todos, de modo que todos trabajemos para «abastecer» las verdaderas «demandas» de todos y cada uno; esto es, que trabajemos por nuestro sustento en lugar de trabajar para abastecer la demanda del mercado, en vez de trabajar para el lucro8, o sea, la capacidad de obligar a otros hombres a trabajar contra su voluntad.

Cuando se haya dado ese paso y los hombres comiencen a comprender que la Naturaleza quiere que todos los hombres trabajen o mueran de hambre, cuando éstos dejen de ser tan necios como para permitir que algunos tengan la alternativa de robar, cuando ese feliz día haya llegado, nos habremos librado al fin del tributo que pagamos por el desperdicio de recursos y nos daremos, así, cuenta de que tenemos, como se ha dicho, una enorme cantidad de fuerza de trabajo disponible que nos permitirá vivir como deseemos dentro de unos límites razonables. Nos dejará de apremiar y guiar el miedo a morirnos de hambre, el cual no presiona actualmente menos a la mayor parte de los hombres en las comunidades civilizadas que lo hacía a los salvajes. Las necesidades más primarias y evidentes serán satisfechas tan fácilmente en una comunidad en la que no se derrocha trabajo que tendremos tiempo para mirar a nuestro alrededor y pensar qué es lo que queremos realmente que pueda obtenerse sin abusar de nuestras energías; pues el miedo, a menudo expresado, de que la ociosidad se apoderará de nosotros una vez que haya desaparecido la fuerza suministrada por la presente jerarquía de coacción es un miedo que genera la carga de ese trabajo excesivo y repulsivo que la mayoría de nosotros tenemos que soportar en la actualidad.

Yo digo una vez más que, a mi modo de ver, la primera cosa que consideraremos tan necesaria como para sacrificarle algún tiempo libre será precisamente que el trabajo sea atractivo. No se requerirá un sacrificio muy grande para alcanzar este objetivo, aunque sí cierta cantidad. Pues podemos esperar que los hombres que acaban de pasar por un período de lucha y revolución serán los últimos en conformarse por mucho tiempo con una vida de un craso utilitarismo, aunque a veces los Socialistas son acusados por personas ignorantes de aspirar a una vida tal. Por otro lado, la parte ornamental9 de la vida moderna está ya totalmente podrida y tiene que ser eliminada del todo antes que se realice el nuevo orden de cosas. No hay nada de ella, nada que pudiera salir de ella, que sea capaz de satisfacer las aspiraciones de unos hombres liberados de la tiranía del comercialismo.

Tenemos que empezar a construir el lado bello de la vida —sus placeres corporales y mentales, científicos y artísticos, sociales e individuales— sobre la base de un trabajo emprendido voluntaria y alegremente, con la conciencia de estar beneficiándonos nosotros y nuestros vecinos con él. Dicho trabajo absolutamente
necesario que tendríamos que realizar ocuparía sólo una pequeña parte de cada día y, mientras así fuese, no resultaría una carga molesta; sin embargo, seguiría siendo una tarea diaria repetitiva y que, por tanto, estropearía nuestro placer del día, a menos que resultara soportable mientras durase. En otras palabras, todo trabajo, incluso el más común, debe hacerse atractivo.

¿Cómo puede lograrse esto? —es la pregunta a la que el resto de este breve ensayo se ocupará de responder. Sé que, al ofrecer algunas ideas sobre esta cuestión, si bien todos los Socialistas estarán de acuerdo con muchas de las sugerencias hechas, algunas de ellas, en cambio, les parecerán a algunos extrañas y aventuradas. Estas deben ser consideradas como sugerencias ofrecidas sin la menor intención dogmática y como una simple expresión de mi opinión personal.

De todo lo que se ha dicho ya se sigue que el trabajo, para ser atractivo, debe dirigirse a algún fin manifiestamente útil, excepto en los casos en que el individuo lo emprende como un pasatiempo. Con más razón tiene que contarse con este elemento de utilidad para hacer más llevaderas las tareas de otro modo penosas, puesto que una nueva moral, la moral Social, esto es, la responsabilidad del hombre hacia la vida del hombre, sustituirá a la moral teológica en el nuevo orden de cosas, es decir, a la responsabilidad del hombre hacia alguna idea abstracta. Además, la jornada laboral será breve. No hace falta insistir en ello. Está claro que, cuando no se malgasta trabajo, éste puede ser breve. Está claro también que gran parte del trabajo que hoy en día resulta una tortura se haría fácilmente soportable si fuera acortado.

La variedad en el trabajo es el siguiente punto, y uno de extraordinaria importancia. Obligar a un hombre a hacer día tras día la misma tarea, sin ninguna esperanza de evasión o cambio, significa ni más ni menos que convertir su vida en un tormento carcelario. Nada excepto la tiranía de la búsqueda insaciable de beneficios hace que esto sea necesario. Un hombre podría fácilmente aprender y practicar tres oficios por lo menos y, de esta manera, alternar el ejercicio de una ocupación sedentaria con una al aire libre, de una ocupación que exija una vigorosa energía corporal con un trabajo que ocupe más a la mente. Hay pocos hombres, por ejemplo, que no deseen pasar una parte de sus vidas trabajando en el más necesario y agradable de todos los trabajos: el cultivo de la tierra. Una cosa que hará posible esta variedad de empleo será la forma que tome la educación en una comunidad socialmente ordenada. En la actualidad, toda la educación se orienta al objetivo de adecuar a la gente al puesto en la jerarquía comercial que cada uno habrá de ocupar, unos como patronos, otros como trabajadores. La educación de los jefes es más refinada que la de los trabajadores, pero sigue siendo comercial; e incluso en nuestras viejas universidades el conocimiento goza de una baja estima, a menos que pueda hacerse rentable a largo plazo. Una educación como es debida es una cosa totalmente distinta a esto y su misión consiste en averiguar para qué valen personas diferentes y en ayudarles a seguir el camino al que tienden por inclinación natural. En una sociedad debidamente organizada, pues, se enseñaría a la gente joven aquellos oficios para los que mostraran aptitudes como una parte de su educación —que no es sino la disciplina de sus mentes y cuerpos—, y los adultos también tendrían la oportunidad de formarse en los mismos centros, pues el desarrollo de las capacidades individuales sería el objetivo principal de la educación, en lugar de ser, como ahora, la subordinación de todas las capacidades al gran fin de «hacer dinero» para uno —o para el patrón de uno—. La cantidad de talento, e incluso de genio, que se destruye en el presente sistema, y que podría aprovecharse en un sistema de este tipo, haría fácil e interesante nuestro trabajo diario.

En esta sección dedicada a la variedad llamaré la atención sobre un producto que ha sufrido tanto bajo el comercialismo que difícilmente puede decirse que siga existiendo, y es ciertamente tan ajeno a nuestra época que temo que haya más de uno a quien le cueste entender lo que tengo que decir sobre la cuestión, algo que, de todas formas, debo decir, pues es un asunto sobremanera importante. Me refiero a esa clase de arte que produce, o debiera producir, cualquier trabajador mientras realiza su trabajo ordinario y que debe denominarse, con toda propiedad, Arte popular. Este tipo de arte, repito, ya no existe actualmente, al haber sido eliminado por el comercialismo. Pero desde el principio de la lucha del hombre con la Naturaleza hasta la aparición del presente sistema capitalista estaba vivo y, en términos generales, florecía. Mientras duró, todo lo que era fabricado por el hombre era adornado por el hombre, igual que todo lo producido por la Naturaleza es adornado por ella. El artesano, mientras moldeaba el objeto que tenía en sus manos, lo adornaba con tanta naturalidad y tan desprovisto de esfuerzo consciente que a menudo es difícil determinar dónde terminaba la parte meramente utilitaria de su trabajo y dónde empezaba la decorativa. Pues bien, el origen de ese arte era la necesidad de variedad en su trabajo que sentía el artesano, y aunque la belleza producida por este deseo constituía un don valiosísimo para el mundo, el hecho de que el artesano encontrase variedad y placer en su trabajo era aún de mayor importancia porque imprimía en todo trabajo el sello del placer. Ahora todo esto ha desaparecido completamente del trabajo de la civilización. Si se quiere tener un adorno, se debe pagar ex profeso por él, y el trabajador se ve obligado a producir adornos del mismo modo que ha de producir otras mercancías. Se le obliga, además, a fingir alegría en su trabajo, de forma que la belleza producida por la mano del hombre, la cual antaño servía de alivio a su trabajo, se ha convertido ahora en una carga extra para él, siendo el adorno un absurdo más del trabajo inútil y, tal vez, no la menos pesada de las cadenas.

Además de la brevedad en la duración del trabajo, su utilidad consciente y la variedad que debiera acompañarle, se necesita otra cosa para hacerlo atractivo, tal como un entorno agradable. La miseria y la mugre que nosotros, gente civilizada, soportamos con tanta complacencia como ingrediente necesario del sistema fabril es igual de necesaria para la comunidad como sería una cantidad proporcional de suciedad en la casa de un rico propietario. Si a ese hombre le diera por permitir que las cenizas fueran esparcidas por todo su cuarto de estar y que se pusiera un retrete en cada esquina de su comedor, si habitualmente su antes bello jardín fuera convertido en un montón de suciedad y desperdicios, y además nunca lavara las sábanas y obligara a su familia a dormir cinco por cama, ese hombre acabaría con toda seguridad en las garras de una comisión para diagnosticar su salud mental. Y, sin embargo, tales actos de insensatez mezquina es precisamente lo que nuestra sociedad actual está cometiendo diariamente bajo la coacción de una supuesta necesidad, algo que es poco menos que locura. Yo les ruego que convoquen sin más demora la comisión que dictamine la locura de la civilización.

Pues todas nuestras superpobladas ciudades y sobrecogedoras fábricas son simplemente el resultado del sistema de lucro. La fabricación capitalista, la propiedad capitalista de la tierra y el intercambio capitalista empujan a los hombres a las ciudades con el fin de manipularlos en interés del capital; la misma tiranía hace que se reduzca tanto el espacio que ha de tener una fábrica que, por ejemplo, el interior de una nave de tejido resulta un espectáculo tan ridículo como horrible. No existe otra necesidad de todo esto salvo la de exprimir beneficios a las vidas de los hombres y de producir artículos baratos para el uso (y sojuzga-
miento) de los esclavos exprimidos. Aún no se ha llevado todo el trabajo a las fábricas; con frecuencia allí donde está no hace ninguna falta, salvo, de nuevo, la tiranía del beneficio. Las personas empleadas en él no tienen por qué ser forzadas
a hacinarse en los apretados barrios urbanos. No hay ninguna razón para no proseguir con sus empleos en tranquilas casas de campo, en pequeñas ciudades o, en suma, allí donde se encuentran más a gusto.

En cuanto a la parte de trabajo que tiene que realizarse a gran escala, el sistema fabril mismo, estando bajo un orden razonable de cosas (aunque, a mi modo de ver, aun así puede que tuviera inconvenientes), nos ofrecería al menos grandes oportunidades de llevar una intensa y animada vida social rodeada de multitud de placeres. Las fábricas podrían ser también centros de actividad intelectual y el trabajo en ellas podría muy bien ser variado en alto grado, siendo el manejo de la maquinaria necesaria tan sólo una pequeña parte de la jornada laboral. El resto del trabajo sería variado y comprendería desde el cultivo de alimentos en los campos circundantes hasta el estudio y la práctica del arte y la ciencia. Se da por sentado que las personas ocupadas en tal trabajo, y que son dueñas de sus propias vidas, no permitirían que ninguna prisa o falta de previsión les obligara a vivir entre suciedad, desorden o escasez de espacio. La ciencia, debidamente aplicada, les permitiría deshacerse de los desperdicios, minimizar, si no eliminar totalmente, todas las inconveniencias que actualmente acompañan al uso de la maquinaria complicada, tales como humo, mal olor y ruido; tampoco tolerarían que los edificios donde trabajaran o vivieran fueran horribles manchas sobre la bella faz de la tierra. Comenzando por la construcción de fábricas, edificios y naves que fueran a la vez dignos y cómodos como sus hogares, terminarían infaliblemente por hacerlos no sólo buenos en sentido negativo, meramente inofensivos, sino incluso bellos, de forma que el glorioso arte de la arquitectura, con el que la codicia comercial ha acabado por el momento, renacería de nuevo y florecería. Sostengo, pues, como pueden ver, que el trabajo en una comunidad debidamente ordenada debería volverse atractivo por la conciencia de su utilidad, por llevarse a cabo con interés inteligente, por la variedad y por realizarse en un entorno agradable. Pero también he mantenido, como todos hacemos, que la jornada laboral no debería ser fastidiosamente larga. Puede que se diga: ¿cómo casa esta última exigencia con las demás? Si el trabajo se refina tanto, ¿no resultarán los artículos muy caros?

Reconozco, como he dicho antes, que será necesario algún sacrificio para hacer atractivo el trabajo. Quiero decir que si en una comunidad libre pudiéramos conformarnos con la misma manera de trabajar apresurada, sucia, desordenada, sin corazón, con que trabajamos ahora, podríamos acortar nuestra jornada de trabajo mucho más de lo que supongo que haremos, tomando en cuenta todo tipo de trabajos. Pero, si lo hiciéramos, significaría que nuestra recién ganada libertad de condición nos dejaría apáticos y abatidos, cuando no llenos de inquietud, como estamos ahora, algo que, sostengo, es simplemente imposible. Estaríamos dispuestos a hacer los sacrificios necesarios para elevar nuestra condición hasta el nivel proclamado deseable por toda la comunidad. No sólo eso. Estaríamos individualmente deseosos de sacrificar aún más cantidad de nuestro tiempo y nuestra comodidad para elevar el nivel de vida. La gente, bien cada uno por separado o bien asociándose con ese fin, produciría libremente por amor al trabajo y a sus resultados —estimulada como estaría por la esperanza en el placer de la creación— aquellos adornos de la vida para el servicio de todos que ahora sólo produce (o finge producir) bajo soborno para el servicio de unos cuantos ricos. Hasta ahora no se ha intentado poner en marcha el experimento de una comunidad civilizada que viva completamente sin arte ni literatura. La degradación y corrupción de la civilización del pasado pueden imponer esa negación del placer a una sociedad que nazca de sus cenizas. Si tiene que ser así, aceptaremos esa fase pasajera de utilitarismo como una preparación para el arte que ha de venir. Si el tullido y el hambriento llegaran a desaparecer de nuestras calles, si la tierra nos alimentara a todos por igual, si el sol llegara a brillar para todos de la misma manera, si el glorioso espectáculo de la tierra, con sus días y sus noches, el verano y el invierno, se nos revelara como algo que puede comprenderse y amarse, entonces podríamos permitirnos el lujo de esperar un tiempo hasta que nos purificáramos, sacudiéndonos la vergüenza de la corrupción del pasado, y hasta que el arte volviera a nacer entre la gente liberada del terror del esclavo y de la vergüenza del ladrón.

Mientras tanto, y en cualquier caso, debe pagarse bien el refinamiento, cuidado y concentración en el trabajo, pero sin que exista la imposición de trabajar muchas horas. Nuestra época ha inventado máquinas que habrían parecido sueños delirantes a los hombres de épocas pasadas y, sin embargo, puede afirmarse que de esas máquinas aún no nos hemos valido.

Se les llama máquinas «que ahorran trabajo»10, una expresión de uso común que implica lo que esperamos de ellas; pero no obtenemos lo que esperamos. Lo que en realidad hacen es reducir al trabajador cualificado a la categoría de no cualificado, aumentar el número de los que forman el «ejército de reserva de mano de obra», es decir, aumentar las condiciones precarias de vida entre los trabajadores e intensificar el trabajo de aquellos que sirven a las máquinas (como los esclavos a sus dueños). Todo esto lo hacen de pasada, mientras amontonan los beneficios de los empleadores11 de trabajo o mientras obligan a éstos a emprender una cruda guerra comercial entre sí. En una verdadera sociedad, esos milagros del ingenio humano se utilizarían por vez primera para minimizar la cantidad de trabajo que se gasta en las tareas desagradables, las cuales podrían por ese medio reducirse tanto como para poder convertirse en una ligerísima carga para cada individuo. Tanto más cuanto que esas máquinas, con toda seguridad, se perfeccionarían en grado sumo cuando ya no
se tratara de que el perfeccionamiento «rentara» al individuo, sino, más bien, de que se beneficiara la comunidad.

Hasta aquí lo que se refiere al uso ordinario de la maquinaria, el cual se restringiría probablemente después de un tiempo, cuando los hombres se dieran cuenta de que no había necesidad alguna de angustiarse por la subsistencia y aprendieran a encontrar un interés y un placer en el trabajo manual, el cual podría hacerse más atractivo que el trabajo mecánico si se realizase con cuidado y reflexión.

De nuevo, una vez que la gente, liberada del terror diario a morirse de hambre, descubriera lo que en realidad desea, no estando ya coaccionada por nada salvo sus propias necesidades, se negaría a producir las tremendas inanidades que ahora llamamos artículos de lujo, así como el veneno y la basura que llamamos ahora artículos baratos. Nadie confeccionaría pantalones de felpa cuando no existieran ya lacayos para llevarlos, ni perdería su tiempo nadie haciendo margarina cuando dejara de haber gente que se viera obligada a abstenerse de consumir auténtica mantequilla. Sólo se necesitan leyes contra la adulteración en una sociedad de ladrones —y en una sociedad tal éstas son letra muerta.

Con frecuencia se pregunta a los Socialistas cómo se podría realizar el trabajo del tipo más duro y repulsivo en el nuevo estado de cosas. Toda tentativa de contestar a estas preguntas de forma completa y autorizada significaría intentar algo imposible: construir un proyecto de una nueva sociedad a partir del material de la antigua antes de saber cuáles de esas condiciones materiales desaparecerían y cuáles resistirían el proceso de evolución que nos está conduciendo al gran cambio. Sin embargo, no es difícil concebir un arreglo de cosas en el cual aquellos que hicieran el trabajo más duro tendrían los turnos de trabajo más cortos. Y, de nuevo, lo que dije arriba sobre la variedad del trabajo se puede aplicar aquí de manera especial. Una vez más afirmo que el hecho de que un hombre esté toda su vida ocupado para su desesperación en la realización de una tarea repulsiva e interminable constituye un orden de cosas bastante apropiado para el infierno imaginado por los teólogos, pero seguramente
poco adecuado para cualquier otra forma de sociedad. Por último, si este trabajo más duro fuera de alguna clase especialmente necesaria, puede suponerse que se llamaría a voluntarios que lo hicieran, los cuales acudirían con seguridad, a menos que los hombres perdieran en un estado de libertad esa chispa de virilidad que poseían como esclavos.

Y, sin embargo, si hubiese algún trabajo que no pudiera hacerse de otra forma que repulsivo, ni siquiera por la brevedad de su duración o la intermitencia de su recurrencia, o por el sentido de una utilidad especial y peculiar (y, por tanto, honor) en la mente del hombre que lo realiza libremente —si hubiera algún trabajo que no pudiera ser sino un tormento para el trabajador—, ¿qué hacer entonces? Pues bien, en ese caso, esperemos a ver si los cielos se han de desplomar sobre nuestras cabezas por el hecho de dejar de hacerlo, pues sería lo mejor. El producto de un trabajo tal no puede valer el precio que hay que pagar por él.

Hemos visto, pues, que el dogma semiteológico de que todo trabajo, bajo cualquier circunstancia, es una bendición para el trabajador es hipócrita y falso; que, por otro lado, el trabajo es bueno cuando lo acompaña la esperanza justa de descansar y hallar placer en él. Hemos pesado el trabajo de la civilización en la balanza y hemos comprobado que deja mucho que desear, ya que la esperanza está completamente ausente de él y, por consiguiente, vemos cómo la civilización ha engendrado una espantosa maldición para los hombres. Pero también hemos visto que el trabajo del mundo podría llevarse a cabo con esperanza y con placer si no se malgastara debido a la estupidez y la tiranía, a la lucha perpetua entre clases opuestas.

Es paz, por tanto, lo que necesitamos para poder vivir y trabajar con esperanza y con placer. Una Paz siempre tan ansiada, si nos fiamos de las palabras de los hombres, pero que éstos han rechazado tan continua y firmemente con sus actos. Sin embargo, en lo que a nosotros se refiere, depositemos en ella nuestras esperanzas y alcancémosla a cualquier precio.

Cuál sea el precio que haya que pagar, ¿quién lo sabe? ¿Será posible alcanzar la paz de forma pacífica? Ay, ¿cómo ha de ser? Estamos tan rodeados por el mal y la estupidez que de una u otra forma siempre los estaremos combatiendo; puede que nuestras propias vidas no vean el final de la lucha ni, tal vez,tampoco la esperanza palpable del fin. Puede que lo mejor que podemos esperar ver sea que la lucha se vuelva más dura y cruel día a día hasta que, al fin, estalle abiertamente y se convierta en una matanza de hombres por medios bélicos reales, en lugar de por los otros métodos más lentos y crueles aplicados por el comercio «pacífico». Si vivimos para ver eso, viviremos para ver mucho; porque significará que las clases ricas se han vuelto conscientes de su propia inmoralidad y del robo en el que están involucradas, y que lo están defendiendo conscientemente mediante una violencia abierta; y entonces, el final estará cerca.

Pero, en cualquier caso, y cualquiera que pueda ser la naturaleza de nuestra lucha por la paz, sólo con que nos dirijamos a ella con firmeza e integridad de corazón y no la perdamos de vista, habremos conseguido que un reflejo de esa paz del futuro ilumine la confusión y las penas de nuestras vidas, sean esas penas insignificantes o abiertamente trágicas, y viviremos así, en nuestras esperanzas al menos, vidas de hombres; y tampoco pueden los tiempos que corren ofrecernos ninguna recompensa mayor que esa.

1 Expresión original: well-to-do, adjetivo habitual para referirse a la gente acomodada, a los ricos.—N. del T.

2 En inglés, utilities, término que significa servicio público y también utilidad.—N.del T.

3 La expresión que usa Morris es puffery of wares, que indica la idea de hinchar el valor de los productos, darles una publicidad deshonesta.—N. del T.

4 Expresión original: articles of folly and luxury. Morris emplea constantemente el término folly, que significa locura, desatino, disparate, para referirse a los aspectos irracionales y absurdos de la civilización moderna.—N. del T.

5 En versión original, cheapness, término que indica al mismo tiempo precio barato y baja calidad.—N. del T.

6 En inglés, manufacturer significa fabricante. N. del T.

7 En versión original: so that the «demand» which the capitalist «supplies». Morris juega con las palabras oferta y demanda.—N. del T.

8 El término inglés es profit: ganancia, lucro, beneficios.—N. del T.

9 En Morris, el término «ornamental» tiene un sentido nada frívolo. Se refiere no sólo a aquello que cumple una función decorativa, sino, en general, a todo lo que produce placer estético y alegra y dignifica la vida humana.—N. del T.

10 Expresión inglesa: labour-saving machines.—N. del T.

11 Traducción literal del término employer, usado en inglés para referirse al empresario.— N. del T.

Trabajo y tecnica de la naturaleza

Citado por Werner Heisenberg (Premio Nobel de Física 1932)
La imagen de la Naturaleza en las Física actual (1955)

Cuando Tsi Gung andaba por la región al norte del río Han, encontró a un viejo atareado en su huerto. Había excavado unos hoyos para recoger el agua del riego. Iba a la fuente y volvía cargado con un cubo de agua, que vertía en el hoyo. Así, cansándose mucho, sacaba escaso provecho de su labor.
Tsi Gung le habló: hay un artefacto con el que se pueden regar cien hoyos en un día. Con poca fatiga se hace mucho. ¿Por qué no lo empleas?
Levantandose el hortelano, lo miro y le dijo: ¿Cómo es ese artefacto?
Tsi Gung explicó: se hace con un palo una palanca, con un contrapeso a un extremo. Con ella se puede sacar agua del pozo con toda facilidad. Se llama cigoñal.
El viejo, mientras su rostro se llenaba de cólera, dijo con una risotada: he oído decir a mi maestro que cuando uno usa una máquina, hace todo su trabajo maquinalmente, y al fin su corazón se convierte en máquina. Y quien tiene en el pecho una máquina por corazón, pierde la pureza de su simplicidad. Quien pierde la pureza de su simplicidad padece de incertidumbre en el orden de sus actos. La incertidumbre en el dominio de los actos es contraria a la verdadera cordura. No es que yo no conozca las cosas de que hablas, es que me daría vergüenza usarlas.

domingo, 15 de marzo de 2009

Montañas pliegues

Gilles Deleuze
Conversaciones (1988)

Basta comprender -ante todo ver y tocar- las montañas a partir de sus pliegues para que pierdan toda su dureza, y para que lo milenario se convierta de nuevo en lo que es, no simple permanencia sino tiempo en estado puro, flexiblidad. Nada es más inquietante que el movimiento incesante de lo que parece siempre inmovil.

Verde

John Berger
El sentido de la vista (p. 275)

De todos los colores

El verde
llena
los dos pechos de la tierra
día y noche
los árboles del bosque
amamantan verdor.
De todos los colores
el verde es el último.

El viento seca la tierra
polvorienta y ligera
en el barro más oscuro
manchas
marrón de la sangre
repetidamente seca
mueren otra vez
al amainar el viento
bajo la lluvia.

El verde
a diferencia del plata o el rojo
yo te lo digo Nella
nunca está quieto
el verde que esperó
edades minerales
por la hoja
tiene el color de sus almas
y llega como un regalo

1985

Paisaje (4)



La mala energía del Quimbo (I)
Por: Alfredo Molano Bravo / Enviado Especial, Huila
Viaje al epicentro de los proyectos hidroeléctricos del Huila.

El investigador y sociólogo recorrió la región en la que se construirá un megaembalse que inundaría 8.800 hectáreas. Los proyectos sobre el Alto Magdalena son: Pericongo, Isnos, Chillurco, Oporapa, Guarapas, tres veces Betania. La polémica sobre los efectos sociales y ambientales de represar nuestro río madre duró varios años. Ver Enlace

domingo, 1 de marzo de 2009

Natural

Carlo Ginzburg

1. Incomprensiblemente para nosotros, algo muy valioso para los antepasados. Incomprensiblemente para las generaciones anteriores a esta, algo muy valioso hoy.
2. Una palabra con implicaciones morales y al mismo tiempo estéticas

Alma de la tierra

Jacques Derrida
Dar la muerte (2000)

El alma es el paisaje del hombre para Dios, asi como el paisaje es el alma de la tierra para el hombre.

lunes, 23 de febrero de 2009

Paisaje (3)

Floating Island . Robert Smithson. Póstumo

domingo, 22 de febrero de 2009

Tierra

Ambrose Bierce
Diccionario del diablo (1911)

Parte de la superficie del globo, considerada como propiedad. La teoría de que la tierra es un bien sujeto a propiedad privada constituye el fundamento de la sociedad moderna, y es digna de esa sociedad. Llevada a sus consecuencias lógicas, significa que algunos tienen el derecho de impedir que otros vivan, puesto que el derecho de poseer implica el derecho a ocupar con exclusividad, y en realidad siempre que se reconoce la propiedad de la tierra se dictan leyes contra los intrusos. Se deduce que si toda la superficie del planeta es poseída por A, B y C, no habrá lugar para que nazcan D, E, F y G, o para que sobrevivan si han nacido como intrusos.


Thomas Gainsborough. Robert Andrews y su esposa. 1749

sábado, 14 de febrero de 2009

Paisaje (2)

The Spiral Jetty. Robert Smithson. 1970
Ver mapa más grande

miércoles, 11 de febrero de 2009

Paisaje (1)





La fiebre del litio boliviano

El salar de Uyuni, una planicie blanca de más de 10.000 kilómetros cuadrados en el suroeste de Boliva, se ha convertido en el centro de atracción ya no sólo para turistas o astrónomos, sino para empresarios interesados en la explotación del litio como fuente de energía alternativa, principalmente para la industria automovilística. Ver Enlace

Cuadro 2

martes, 10 de febrero de 2009

Cuadro 1

sábado, 7 de febrero de 2009

Neocolonialismo agrario

Ignacio Ramonet

Le Monde Diplomatique
Febrero 2009. Numero 160

Una de las grandes batallas del siglo XXI será la de la alimentación. Muchos países, importadores de comida, se ven afectados por el aumento de los precios. Los Estados ricos lo venían soportando; hasta que, en la primavera de 2008, se asustaron por la actitud proteccionista de naciones productoras que limitaron sus exportaciones. A partir de ahí, varios Estados con crecimiento económico y demográfico -pero desprovistos de grandes recursos agrícolas y de agua- decidieron asegurarse reservas de comestibles comprando tierras en el extranjero.

Al mismo tiempo, muchos especuladores se pusieron igualmente a comprar terrenos para hacer negocios. Convencidos de que la alimentación será el oro negro del futuro. Según ellos, de aquí a 2050, la producción de alimentos se duplicará para satisfacer la demanda mundial. "¡Invertid en granjas! ¡Comprad tierras!" repite Jim Rogers, gurú de las materias primas. George Soros apuesta asimismo por los agrocarburantes y ha adquirido parcelas en Argentina. Un grupo sueco ha comprado medio millón de hectáreas en Rusia; el hedge fund ruso Renaissance Capital, 300.000 ha . en Ucrania; el británico Landkom, 100.000 ha . también en Ucrania; el banco estadounidense Morgan Stanley y el grupo agro-industrial francés Louis Dreyfus, decenas de miles de hectáreas en Brasil, etc.

Pero quienes se han lanzado a comprar tierras por todo el mundo, son principalmente los Estados con petrodólares y divisas. Corea del Sur, primer comprador mundial, ha adquirido 2.306.000 hectáreas; le sigue China (2,09 millones), Arabia Saudí (1,61 millones), los Emiratos Árabes Unidos (1,28 millones) y Japón (324.000 ha .). Total: cerca de 8 millones de hectáreas de tierras fértiles compradas o alquiladas en el exterior. Regiones enteras han pasado a estar bajo control extranjero en países con escasa densidad demográfica y cuyos gobernantes están dispuestos a ceder partes de la soberanía nacional. Un fenómeno que preocupa. En un informe alarmante, la ONG Grain denuncia "un acaparamiento de tierras a nivel mundial" (1).

Sin campos fértiles ni agua, los países del Golfo son los que más pronto se han lanzado. Kuwait, Qatar y Arabia Saudí buscan parcelas disponibles donde sea. "Ellos poseen tierras, nosotros dinero", explican los inversores del Golfo. Los Emiratos Árabes Unidos controlan 900.000 ha en Pakistán; y están considerando proyectos agrícolas en Kazajistán. Libia adquirió 250.000 ha . en Ucrania a cambio de petróleo y gas. El grupo saudí Binladen ha conseguido terrenos en Indonesia para cultivar arroz. Inversionistas de Abu Dhabi compraron decenas de miles de hectáreas en Pakistán. Jordania producirá comestibles en Sudán. Egipto obtuvo 850.000 ha . en Uganda para sembrar trigo y maíz...

China es el comprador más compulsivo, pues debe alimentar a 1.400 millones de bocas cuando sólo dispone del 7% de las tierras fértiles del planeta. Además, la industrialización y la urbanización le han destruido unos 8 millones de hectáreas. Y algunas regiones se están desertificando. "Tenemos menos espacio para la producción agrícola, y es cada vez más difícil elevar el rendimiento", explicó Nie Zhenbang, jefe de la Administración Estatal de Granos (2).

China detenta tierras en Australia, Kazajistán, Laos, México, Brasil, Surinam, y sobre todo en África. Pekín ha firmado unos treinta acuerdos de cooperación con Gobiernos que le dan acceso a tierras. A veces, las autoridades de Pekín envían desde China la mano de obra; pagada a menos de cuarenta euros al mes, sin contrato de trabajo y sin cobertura social.

Por su parte, Corea del Sur ya controla en el extranjero una superficie superior a la totalidad de sus propias tierras fértiles... En noviembre de 2008, el grupo Daewoo Logistics, estableció un acuerdo con el Gobierno de Marc Ravalomanana, presidente de Madagascar, para alquilar 1,3 millones de hectáreas, o sea la mitad de las tierras cultivables de esa gran isla...

El Gobierno surcoreano también ha comprado 21.000 hectáreas para cría de ganado en Argentina, país en el cual el 10% del territorio (unos 270.000 kilómetros cuadrados) se encuentra en manos de inversores extranjeros, quienes "se han beneficiado de la actitud de los diferentes Gobiernos para adquirir millones de hectáreas y recursos no renovables, sin restricciones y a precios módicos" (3). El mayor terrateniente es Benetton, industrial italiano de la moda, que posee unas 900.000 ha. y se ha convertido en el principal productor de lana. También el millonario estadounidense Douglas Tompkins tiene unas 200.000 ha . situadas próximas a importantes reservas de agua.

En general, la cesión de tierras a Estados extranjeros se traduce en expropiaciones de pequeños productores y aumento de la especulación. Sin olvidar la deforestación. Una hectárea de bosque procura un beneficio de cuatro a cinco mil dólares si se plantan en ella palmas de aceite; o sea de 10 a 15 veces más que si se dedica a producir madera (4). Ello explica por qué los bosques de la Amazonia, de la cuenca del Congo y de Borneo están siendo sustituidos por plantaciones.

Es un retorno a odiosas prácticas coloniales, y una bomba con efecto retardado. Porque la tentación de los Estados extranjeros es la de saquear los recursos, como lo hace China, con mano de obra importada y poco beneficio local... Pero la resistencia se organiza. En Pakistán, los campesinos ya se están movilizando contra el desplazamiento de aldeas si Qatar compra terrenos en la región de Penyab.

Paraguay ha aprobado una ley que prohíbe vender parcelas a extranjeros. Uruguay se lo está planteando; y Brasil estudia cambiar su legislación.

El neocolonialismo agrario le arrebata el trabajo al campesinado y crea un "riesgo de pauperización, tensiones sociales extremas y violencias civiles" (5). La tierra es un asunto muy sensible. Siempre ha provocado pasiones. Representa una parte de la identidad de los pueblos. Tocar ese símbolo podría terminar mal.



Notas:
(1) www.grain.org/m/?id=213
(2) China Daily , Pekín, 9 de mayo de 2008.
(3) Daniel Enz y Andrés Klipphan, Tierras SA. Crónicas de un país rematado , Alfaguara, Buenos Aires, 2006.
(4) Le Nouvel Observateur , París, 23 de diciembre de 2008.
(5) Le Monde , París, 23 de noviembre de 2008.

miércoles, 28 de enero de 2009

¿Donde?





I Took That 9/11 Photo

Tomado de Slate Magazine

Culturebox
Photographer Thomas Hoepker on Frank Rich's column, and why he thought his picture was too "confusing" to publish in 2001.
Thomas Hoepker
Updated Thursday, Sept. 14, 2006, at 3:18 PM ET

Now that a broad discussion has opened up about a photograph that I took on Sept. 11, 2001, on the waterfront in Brooklyn, I think I should add my voice and view of the event.

This image happened, in passing, so to speak, when I tried to make my way down to southern Manhattan on the morning of 9/11. I live on the Upper East Side of Manhattan and, being a seasoned photojournalist, I followed! my professional instinct, trying hard to get as close as possible to the horrendous event. When I heard that the subway had stopped running I took out the car, only to get stuck immediately in traffic on Second Avenue. I took my chances by crossing the Queensborough Bridge. Then, turning south into Queens and Brooklyn, I stayed close to the East River, stopping here and there to shoot views of the distant catastrophe, which unfolded on the horizon to my right. The car radio provided horrific news, nonstop. The second tower of the World Trade Center had just imploded; estimates of more than 20,000 deaths were quoted and later discredited.
Somewhere in Williamsburg I saw, out of the corner of my eye, an almost idyllic scene near a restaurant—flowers, cypress trees, a group of young people sitting in the bright sunshine of this splendid late summer day while the dark, thick plume of smoke was rising in the background. I got out of the car, shot three frames of the seemingly peaceful setting and drove on hastily, hoping/fearing to! get closer to the unimaginable horrors at the tip of Manhattan.

The next day I went to the office of my agency, Magnum Photos. There, on the light tables and computer screens, were hundreds of touching, shocking, and moving images that my colleagues had taken at or near Ground Zero. We quickly decided to publish a book, and I took boxes of pictures home to start working on a selection and a first layout. I choose three of my own shots that I had taken from the Manhattan Bridge but set the images from that idyllic scene in Williamsburg aside, feeling that they did not reflect at all what had transpired on that day. The picture, I felt, was ambiguous and confusing: Publishing it might distort the reality as we had felt it on that historic day. I had seen and read about the outpouring of compassion of New Yorkers toward the stricken families, the acts of heroism by firefighters, police, and anonymous helpers. This shot didn't "feel right" at this moment and I put it i! n the "B" box of rejected images. Now, in 2006, David Friend, in his b ook Watching the World Change, wrote that I had self-censored the picture.

At the time we did actually use a similar picture in the Magnum book, a shot by my friend and colleague Alex Webb, which shows a mother bending down to her baby in a cart on a roof in Brooklyn with the column of smoke in the background. It has a similar life-goes-on-quality, but there is a tenderness to the image that is lacking in my shot.

Four and a half years later, when I was going through my archive to assemble a retrospective exhibition of my work from more than 50 years, the color slide from Brooklyn suddenly seemed to jump at me. Now, distanced from the actual event, the picture seemed strange and surreal. It asked questions but provided no answers. How could disaster descend on such a beautiful day? How could this group of cool-looking young people sit there so relaxed and seemingly untouched by the mo! ther of all catastrophes which unfolded in the background? Was this the callousness of a generation, which had seen too much CNN and too many horror movies? Or was it just the devious lie of a snapshot, which ignored the seconds before and after I had clicked the shutter? Maybe this group had just gone through agony and catharsis or a long-concerned discussion? Was everyone supposed to run around with a worried look on that day or the weeks after 9/11? How would I have looked on that day to a distanced observer? Probably like a coldhearted reporter, geared to shoot the pictures of his life. I just remember that I was in shock, confused, scared, disoriented, and emotional, but trying hard to stay focused on getting my snaps.

The picture ended up on a wall of my retrospective exhibition in my hometown Munich, together with 200 of my images, and it made the cover of my book, which accompanied the show. When I did guided tours through the exhibition, people stopped and k! ept asking endless questions about it, questions for which I didn't ha ve pat answers. Then the press came; they, too, asked many questions. The image has been published in 15 newspapers in Germany but only once in the United States, as a half-page in David Friend's book on the images of 9/11. But it has now come to the surface through three paragraphs in the New York Times, written by Frank Rich last Sunday. These thoughtful words—without the picture—were enough to incite a debate, which has swept over to Slate, that has just started and seems to grow by the hour on the Internet in many blogs.

I think the image has touched many people exactly because it remains fuzzy and ambiguous in all its sun-drenched sharpness. On that day five years ago, sheer horror came to New York, bright and colorful like a Hitchcock movie. And the only cloud in that blue sky was the sinister first smoke signal of a new era.


Thomas Hoepker is a member of Magnum Photos, a New York-based cooperative of documentary pho! tographers. His latest exhibition is a retrospective of this work from the past 50 years, touring currently in his native Germany.

Article URL: http://www.slate.com/id/2149675/

domingo, 25 de enero de 2009

Programa del curso

Semestre 01 de 2009

Intención
El curso propone, desde la revisión de algunos principios fundamentales de la estética moderna respecto a la naturaleza, desplegados de manera diversa en el pensamiento contemporáneo sobre la cultura, hacer una aproximación al paisaje de Medellín. Esperando poder derivar de ello la determinación de puntos de vista comunes para una apreciación estética de la ciudad, útil en las tareas de la crítica, la investigación y el proyecto de arquitectura.

Conceptos fundamentales
Los diversos paisajes que constituyen el mundo contemporáneo derivan parte de su carácter universal de una manera específicamente humana de considerar el mundo: el juicio estético; otra parte de su universalidad derivan de las condiciones propias de la producción de la exterioridad contemporánea en su relación con el medio natural.

Considerando que los elementos de caos latentes en las formaciones naturales o civilizadas son los elementos que hoy aportan a las representaciones e imágenes paisajísticas su posible universalidad -más aún que el orden aparente del territorio o que el pretendido orden permanente de la arquitectura y el urbanismo-, la pregunta por el paisaje es hoy una pregunta sobre las condiciones sociales y los limites políticos de las actividades humanas.

Metodología
La metodología de este curso es teórico-práctica, de acuerdo a la condición intelectual de la disciplina de la arquitectura.

Propositos de formación
El propósito de este curso es la formación en el estudiante de diversas competencias intelectuales (cognitivas, críticas y comunicativas) respecto a la dialéctica arquitectura/naturaleza.

Metas de aprendizaje
1. Construir un marco teórico riguroso e ilustrado sobre el paisaje, entendiendo este como:
Campo de reflexión cultural – Investigación
Campo de operaciones culturales múltiples – Practicas artísticas (Competencias cognitivas)
2. Implementar aproximaciones documentales a paisajes concretos (Competencias comunicativas)
3. Identificar los elementos que en una cultura del paisaje significan la percepción del espacio de los individuos y los grupos (Competencias críticas)

Contenidos
1. Razón y naturaleza en las estéticas modernas
De I. Kant a W. Benjamin

2. Nociones generales sobre el paisaje
Nociones reducidas y nociones expandidas

3. Modos de producción, re-presentación=re-producción
En el origen del paisaje Agustín Berque

4. Culturas del jardín

5. El paisaje urbano y la visión panorámica
La torre Eiffel Roland Barthes
Historia natural de la destrucción W. G Sebald

5. El paisaje Latinoamericano
Tristes trópicos Claude Lévi-Strauss

6. Crítica y estética del pensamiento verde

7. Nociones del paisaje de Medellín
Elementos del paisaje de Medellín

Rainer Maria Rlike (2)

Worpswede (1902)

Introducción

La historia de la pintura del paisaje todavía no está escrita y, sin embargo, es uno de los libros que se esperan desde hace años. Aquel que la escriba tendrá una tarea rara y grande, una tarea desorientadora, debido a su infinita novedad y profundidad. ……………………………………………………………………………………………
Qué significa el hecho de que modifiquemos las capa más superficial de la tierra, que ordenemos sus bosques y praderas y saquemos de su corteza carbón y metales, que recojamos los frutos de los arboles como si nos estuvieran destinados, si al lado de todo esto recordamos una sola hora durante la cual la naturaleza actuó por encima de nosotros, más allá de nuestra esperanza y nuestra vida, con aquella sublime elevación e indiferencia de la que todos sus gestos están llenos. Ella no sabe nada de nosotros.
…………………………………………………………………………………....…
Y al final se resignan unos, y van hacia los hombres para compartir su trabajo y su destino, para servir, ayudar y dedicarse de algún modo a la ampliación de esta vida, mientras los otros, que no querían dejar a la perdida naturaleza, la siguen e intentan, conscientes y empleando una voluntad concentrada, llegar de nuevo tan cerca de ella como, sin saberlo bien, lo habían estado en la niñez. Se comprende que estos últimos son artistas: poetas o pintores, músicos o arquitectos, solitarios en el fondo, quienes, al volverse hacia la naturaleza, prefieren lo eterno a lo efímero, lo sujeto a las leyes en la máxima profundidad a lo fundado transitoriamente, y que, como no pueden convencer a la naturaleza de que participe en ellos, ven su tarea en captar a la naturaleza, para insertarse en alguna parte dentro de sus grandes interrelaciones. Y con estos solitarios aislados se acerca la humanidad entera a la naturaleza. No es el ultimo, y es quizá el valor más peculiar del arte, el de ser el medio en que se encuentran y hallan hombre y paisaje, figura y mundo. En la realidad viene un junto a otro sin apenas conocerse, y en el cuadro, en la construcción arquitectónica, en la sinfonía, en la palabra, en el arte, parecen reunirse como en una verdad profética mas alta, llamarse el uno al otro; y es como si se complementaran mutuamente hacía esa unidad perfecta que constituye la esencia de la obra de arte.

Desde este punto de vista, parece como si se encontrara el tema y la intención de todo arte en el equilibrio entre el individuo y el todo, y como si el momento de la exaltación, el momento artístico importante, fuera aquel en que los dos platillos de la balanza mantienen el equilibrio. Y, en efecto, sería muy seductor mostrar esta relación en distintas obras de arte; hacer ver como una sinfonía funde las voces de un día tormentoso con el rumor de nuestra sangre, cómo una obra arquitectónica puede ser, a la vez mitad imagen nuestra y mitad imagen de un bosque. Y hacer un retrato ¿no significa ver un hombre como un paisaje? ¿Y existe un paisaje sin figuras que no este completamente lleno de la expresión de aquel que lo ha contemplado? Se manifiestan aquí asombrosas relaciones. A veces están yuxtapuestas en rico y fructífero contraste; a veces el hombre parece proceder del paisaje, otras el paisaje parece brotar del hombre, y entonces se ponen de acuerdo en igualdad y hermandad. La naturaleza parece acercarse por momentos, dando incluso a las ciudades apariencia de paisajes, y con los centauros, las sirenas y los monstruos marinos de sangre caprina se acerca la humanidad a la naturaleza. Pero lo que importa siempre es esta relación; y no en último lugar en la poesía, que precisamente es la que más sabe decir del alma cuando expresa paisajes, y que debería desesperar de decir lo más hondo del hombre, si éste se irguiera en ese espacio vacío y sin límites en que Goya gusto de situarle. …………………………………………………………………………………….....


Otto Modersohn ………………………………………………………………………………….......
Precisamente esta circunstancia es la que hace posible servirse de la naturaleza como de un diccionario. Sólo porque ésta es tan diferente de nosotros, tan contrapuesta, estamos en disposición de expresarnos a través de ella. Expresar lo semejante por medio de lo semejante no es ningún progreso. …………………………………………………………………………………………
El artista de hoy, no sólo el pintor, recibe del paisaje el lenguaje para sus confesiones. Se podría demostrar con exactitud que todas las artes viven actualmente de lo paisajístico. Por ejemplo, es muy fácil ver en poesías pasadas de moda como se creía, temerosamente, poder decir sólo lo corriente con los medios del paisaje; se creía haber alcanzado lo más alto cuando se comparaba la juventud con la primavera, a la ira con la tormenta y a la amada con la rosa; no se atrevía uno a ser más personal, por miedo a ser abandonado por la naturaleza. Hasta que se descubrió que contenía no sólo algunos vocablos para las superficies de las vivencias, sino que ofrecía la oportunidad de decir precisamente lo más intimo y propio, lo más individual del todo hasta en el interior de sus más finos matices, de modo sensual y perceptible. Con este descubrimiento comienza el arte moderno.

Rainer Maria Rilke (1)

Sobre el paisaje (1902)

Se sabe muy poco sobre la pintura de la Antigüedad; pero no será demasiado atrevido suponer que veía a los hombres como los pintores posteriores han visto el paisaje. …………………………………………………………………………………………………
El hombre, aunque ya duraba desde hacía milenios, todavía era demasiado nuevo para sí mismo, estaba demasiado encantado consigo mismo como para mirar más allá de sí o para apartar de sí la mirada. El paisaje era el camino por el que iba, la pista por la que corría, todos los sitios de juego y de danza sobre los que transcurría el día del griego; los valles en que se reunía el ejército, los puertos de los que zarpada hacia las aventuras y a los que volvía más viejo y lleno de inauditos recuerdos; los días de fiesta y las noches enjoyadas, rumorosas como platas, que seguían a aquellos; las ascensiones hacia los dioses y el movimiento en torno al altar: era el paisaje en que vivía. Pero los montes eran extraños, no vivían en ellos dioses con forma humana; y también sus estribaciones, en las que no se elevaba ninguna estatua visible desde lejos; las laderas que ningún pastor había encontrado, no eran dignas de una sola palabra. Todo era escenario y vacío mientras no apareciera el hombre y llenara la escena con la acción, serena o trágica, de su cuerpo. Todo le esperaba y, donde él llegaba, todo se retiraba y le hacía sitio.

El arte cristiano perdió esta relación con el cuerpo, sin acercarse por ello de verdad al paisaje; hombres y cosas eran como letras en él, y formaban largas y pintadas frases con un alfabeto de iníciales. Los hombres eran vestimentas, sólo en el infierno eran cuerpos; y al paisaje rara vez se le permitía ser la tierra. Casi siempre estaba obligado a significar, cuando era agradable, el cielo; y cuando suscitaban terror y era salvaje e inhóspito, servía como lugar para los proscritos y los perdidos para siempre. Ya se lo veía; porque los hombres se habían vuelto delgados y transparentes, pero estaban hechos de tal manera que sentían el paisaje como algo pequeño y efímero, como una hilera de tumbas cubiertas de maleza bajo las cuales estaba el infierno y sobre las que se abría el gran cielo como la realidad autentica, profunda, querida por todo lo que existe. Entonces, como sólo había tres lugares a la vez, tres residencias de las que se hablaba mucho: cielo, tierra e infierno, se había hecho urgentemente necesaria una determinación del emplazamiento, y se la debía considerar y representar; en los maestros italianos primitivos creció esta representación, más allá de su finalidad propia, hacía una mayor perfección; y no hay más que recordar las pinturas del cementerio de Pisa para sentir que la captación del paisaje se había hecho, ya entonces, algo autónomo. Cierto que se creía designar un sitio, y nada más, pero se hacía esto con tal pasión y entrega, se narraba con una elocuencia tan arrolladora y con tanto amor por las cosas que estaban situadas en la tierra, en esta tierra negada y objeto de sospechas por parte de los hombres, que aquella pintura nos resulta hoy un canto de alabanza a la tierra, al que los santos se unen. Y todas las cosas que se veían eran nuevas, de modo que esta contemplación estaba unida a un asombro incesante y una alegría por los innumerables hallazgos. Así resultó, por sí mismo, que se alababa, junto a la tierra, al cielo, y se la conocía porque existía anhelo de reconocerla. Porque la piedad honda es como una lluvia: vuelve a caer siempre de nuevo sobre la tierra de la que salió, y es bendición sobre los campos.

Se había sentido así, sin quererlo, el calor, la dicha y la magnificencia que pueden emanar de un prado, de un arroyo, de una ladera florida y de los árboles que se yerguen en grupos, cargados de frutos; de manera que, cuando se pintaban Madonnas, se las rodeaba con esta riqueza como con un manto, y se las coronaba con ella como con una corona, y se desplegaban paisajes como banderas, en su alabanza; porque no se les sabía preparar ninguna fiesta que fuera más rumorosa, no se conocía ninguna ofrenda que igualara a éstas: justamente llevarles toda la hermosura que se había encontrado y confundirlas con ella. Ya no se quería señalar con ello ningún sitio, ni siquiera el cielo; se entonaba el paisaje como canto a María, que resonaba en colores claros y nítidos.

Pero con esto había sucedido una gran evolución: se pintaba el paisaje y no se quería designar a este, sino a uno mismo; se había convertido en pretexto para el sentimiento humano. Imagen de una alegría humana, de sencillez y de piedad. Se había hecho arte. Y ya Leonardo lo asumió así. Los paisajes de sus cuadros son expresiones de su más hondo experimentar y saber, espejos azules en que se contemplan leyes misteriosas que meditan, lejanías grandes como porvenires e indescifrables como ellos. No es casualidad que Leonardo, que pintaba al principio a los hombres como experiencias, como destinos que él había atravesado en soledad, captara también el paisaje como un medio de expresión para una experiencia, una profundidad y una tristeza casi indecibles. A este hombre, que era anticipador de muchas cosas aun no sucedidas, le fue concedido usar todas las artes con infinita grandeza; hablaba en ellas, como en muchos idiomas, de su vida y de los avances y lejanías de la vida.

Todavía nadie ha pintado un paisaje que sea tan enteramente paisaje, y sin embargo sea confesión y voz personal, como aquella profundidad tras la Mona Lisa. Como si todo lo humano estuviera contenido en su figura infinitamente silenciosa; pero todo lo demás, todo lo que está ante el hombre y más allá de él, estuviera en esas misteriosas relaciones entre montes, árboles, puentes, cielos y aguas. Este paisaje no es imagen de una impresión, no es la opinión de un hombre sobre cosas inmóviles: es naturaleza que ha surgido, mundo que ha llegado a existir y que es tan extraño para los hombres como el bosque virgen de una isla aun no descubierta. Y mirar el paisaje como algo lejano y extraño, remoto y sin amor, que se cumple enteramente en sí mismo, era necesario, para que pudiera servir algún día como medio y ocasión para un arte autónomo; porque tenía que estar alejado y ser muy distinto de nosotros, para poder convertirse en imagen liberadora de nuestro destino. Tenía que ser casi hostil, en sublime indiferencia, para poder dar una nueva interpretación, con sus objetos, a nuestra existencia.

Y en este sentido avanzó la formación de aquel arte del paisaje que Leonardo da Vinci ya poseyó como precursor. Lentamente se fue formando, en manos de solitarios, a través de los siglos. El camino que había de recorrer era muy largo, porque era difícil desacostumbrarse hasta tal punto del mundo que no se le viera ya con los ojos predispuestos de la familiaridad, que lo relaciona todo con uno mismo y con sus necesidades, cuando miran. Es sabido lo mal que se ven las cosas entre las que se vive y que con frecuencia uno tiene que empezar por llegar desde lejos, para decirnos lo que nos rodea. Y había que apartar también las cosas de uno para hacerse después capaz de acercarse a ellas de la manera más equitativa y más serena, con menos familiaridad y con un distanciamiento respetuoso. Porque no se empezaba a conocer la naturaleza más que en el instante en que ya no se la comprendía; cuando se sintió que era lo otro, lo que no participa, lo que no tiene sentido que nos acepte; entonces es cuando se había salido de ella, solitarios, fuera de un mundo solitario.
Y había que hacer esto para ser artista en ella; no era legítimo ya experimentarla materialmente en la significación que poseyera para nosotros, sino objetivamente, como una gran realidad presente.

Así se había experimentado el al hombre en la época en que se le pintaba de gran tamaño, pero el hombre se había vuelto vacilante e inseguro, y su imagen fluía en transformaciones y apenas se podía ya captar. La naturaleza era más duradera y más grande, todo movimiento era más amplio en ella y todo reposo más simple y solitario. Había en los hombres un anhelo de hablar de sí con sus sublimes medios como de algo igualmente real, y así surgieron cuadros de paisajes en los que no pasa nada. Se pintaron mares vacíos, casas blancas en días de lluvia, caminos por los que no pasa nadie, y agua indeciblemente solitaria. Cada vez desaparecía más el patetismo, y cuanto mejor se entendía este lenguaje, con mayor simplicidad se usaba. Se sumergía uno en la gran calma de las cosas, se experimentaba cómo su existencia transcurría en leyes, sin espera y sin impaciencia. Y los animales iban y venían silenciosamente entre ellas, y las soportaban, igual que ellas al día y a la noche, y estaban llenos de leyes. Y cuando el hombre, más tarde, entró en ese ámbito, como pastor, como labrador o simplemente como una figura en la profundidad del cuadro, entonces se le cayó de encima toda presunción, y se le ve que quiere ser cosa.

En este desarrollo del arte del paisaje hacia un lento hacerse paisaje del mundo, hay una larga evolución humana. El contiendo de estos cuadros, que surgió tan involuntariamente de la contemplación y del trabajo, nos habla de que ha empezado un futuro en medio de nuestra época: que el hombre ya no es el ser sociable que anda en equilibrio con lo que le es semejante, y tampoco aquel por cuya causa anochece y amanece, y hay cercanía y lejanías. Que está puesto entre las cosas como una cosa, infinitamente solo, y que con toda su comunidad de hombres y cosas se ha retirado a la hondura común en la que beben las raíces de todo lo que crece.